25 nov. 2013

VioLenciA SeLeccIonada



El agua del grifo fluye por el desagüe sin que nadie pueda evitarlo, sus manos empiezan a enrojecer por la fría temperatura, y la taza del desayuno sigue sucia. Sus ojos lloran por la noticia, otra mujer muerta de violencia por lo que está más cerca, por aquel en quien depositó la mayor de las confianzas, sus secretos, su cuerpo desnudo, sus alegrías y sus debilidades. La fría voz de la locutora dando un número de teléfono de emergencias cierra la transmisión, cierra el grifo. Pensar entonces que la culpa fue de ella por no llamar, cuanta crueldad en esta sociedad sin corazón, una sociedad que ahoga, una sociedad de violencia. De violencia seleccionada.

De violencia seleccionada de una mitad hacia otra. Anclada en los principios fundamentales del patriarcado y la dominación, esa compañera mujer ha muerto, se maquilla el ojo o llora tras las cortinas. Esa compañera mujer sufre y solidariza con otras compañeras mujeres que también sufren, y a veces no lo saben; sufren por las violencias invisibles, las que no salen en la radio, las de las rutinas perdidas, las de las estructuras del poder.

Y sale de casa con las manos aun frías y el corazón encogido, sin perder el tiempo para llegar a su empleo temporal que la oprime, que la ata por un miserable salario que no desea pero necesita. Corriendo a realizar su trabajo mejor que otros y en menos tiempo, por menos dinero. Corriendo a aguantar que alguien la mire por encima del hombro, en el metro, en la oficina. Por encima del hombro y dentro del escote. A ella, a su compañera, todas mudas, todas ciegas, todas sordas, todas violentadas.

Abstraerse horas y horas, actividad mecánica, precaria, no pensar en el pasado, no pensar en el futuro, en el cercano, en el lejano. No pensar en las horas que quedan antes de ir a buscar a los niños y cuidar de la abuela. No pensar en que debe ser ella…sola… quien lo tenga que hacer, ¿por qué?, porque sí y ya está; porque nació con el don de dar vida y la maldición de pagar por ello. Qué ironía, qué crueldad, qué violencia seleccionada.

Futuro incierto, pasado borroso, atrapada en su cuerpo, en su vida. Mirar a su vecina con envidia. Soltera, joven, libre, activista. Y sin embargo se miran a los ojos en la escalera y se sienten iguales; a una la oprime la vida, a la otra las expectativas de lo que debe ser y no es, de buscar un espacio feminista en un mundo de hombres, en querer cambiar las estructuras antes de que estas la cambien a ella, antes de de que ambas sean invisibles otra vez.

Se miran a los ojos en la escalera y saben que juntas pueden luchar, sobrevivir, cambiar, revolucionar y solidarizar el mundo. Construir juntas, junto con otras y con otros que se miran a los ojos en las escaleras, un mundo sin violencia hacia las mujeres. Un mundo para una revolución, para una victoria, para la vida.

 “El amor de mi hombre
no querrá rotularme y etiquetarme,
me dará aire, espacio,
como una Revolución
que hace de cada día
el comienzo de una nueva victoria.”
(Gioconda Belli)

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